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¡Silencio...! canta la Piaf

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¡Silencio...! canta la Piaf Piaf no es una obra musical; es mucho más. Tampoco es un recital de alguien que canta y emula a la cantante francesa más importante de todos los tiempos; es mucho más. Como así tampoco Elena Roger es una actriz o una cantante que despunta su vicio sobre las tablas; es mucho más. Piaf es la suma de todos los adjetivos calificativos positivos y más. Roza la perfección... La perfección vocal, actoral, escénica, musical y artística. La obra comienza con los vestigios de la gloria que supo cultivar Edith Piaf en sus entrañas, para retrotraernos a su infancia, en los suburbios de su París natal, entre marginales, oportunistas y artistas callejeros. Pinceladas escénicas para mostrarnos la miseria que cinceló sus primeros años de vida, el abandono de sus familiares más cercanos, sus primeros amores y violaciones; hasta su anclaje en un decadente burdel, donde entre tanta oscuridad y deformidad, se le abriría el destino. Cada movimiento, cada canción, es una fotografía que entristece el guión. Es que la obra en sí no emociona, sino que conmociona. Una virtud de su autor Pam Gems, quien con cada diálogo hiere un poco el sentimiento del espectador para dar la estocada mortal cuando las luces se apagan y sólo se ve a su protagonista entonando a La Môme. En ese instante la muerte, pero sólo un cambio de luces para generar vida nuevamente hasta verse apagar con otra canción. Y así, hasta su inesperado final. La selección del repertorio Piaf es exacta y las uniones de los diversos momentos que representan la vida del gorrión parisino son milimétricas. Nada librado al azar. Cada cuadro es un hito en la historia de esta increíble mujer, aunque también hay lugar para la coyuntura política que sacudía al país galo allá por los años cuarenta y cincuenta, los cuales se muestran con estallidos de su elenco. Pero es con la victoriosa pelea de su gran amor Marcel, donde la obra llega a su máximo esplendor. Allí, la pequeña Edith, de luto existencial, entona Mon Dieu y otra muerte se consume. Es cierto, Elena Roger le lleva un par de centímetros a la real Edith Piaf, pero su concepción del personaje es perfecta. Cuando ella canta, no solo el tigre de su garganta vuelve a cobrar vida, sino que las sensaciones más agudas se adueñan del foro. Porque con cada estribillo logra transmitir su dolor, su soledad y sus demonios, al igual que destila su arrogancia y soberbia cuando interactúa con el resto. Un reparto que acompaña y se pone a su exigente altura, con destacadas participaciones como las de Ángel Hernández, Natalia Cociuffo y Eduardo Paglieri. Dicen en París que si habría que rebautizar la ciudad, debería llamarse Piaf; bueno, entonces todo aquel que piense en hacer una obra de teatro, que piense en Elena Roger y después, a partir de su inalcanzable registro vocal y bello rostro, analizar qué hacer y qué contar. Porque si bien es cierto que toda la estructura engrana a la perfección, es ella su pieza fundamental. Silencio, canta Elena; ¡Silencio...! canta la Piaf.

PIAF Autor: Pam Gems

Director: Jamie Lloyd

Actores: Elena Roger y elenco.

Teatro: Liceo, Rivadavia 1495, C.A.B.A., Argentina

Funciones: De miércoles a sábados a las 20:30 y domingos a las 20hs.

Reservas: 4381-5745 – Desde $80.

M Por Mariano Casas Di Nardo

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