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Acerca de Duelos y Otros Cuentos

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ACERCA DE DUELOS Y OTROS CUENTOS Hablar de duelos pareciera hoy en día estar hablando de pérdidas a secas, pareciera entonces que hay duelo por todos lados, que el duelo se ha generalizado. ¿Quién no ha vivido un duelo? Trataremos de diferenciar dentro de esta generalización los distintos niveles posibles para ubicar diferencias en los diferentes duelos. Y ubicamos tres niveles, el primero: hay duelo por etapas de vida vividas.

Freud habla de duelo a la entrada de la adolescencia, donde hay duelo por el cambio en el propio cuerpo, duelo por el lugar que ocupaba para los padres en la niñez (y que los padres ocupaban para el niño), ese duelo tiene que ver con una caída, los padres caen del lugar de la perfección, de lo ideal, a un plano donde ya no alcanzan para cubrir el mundo del que ya ha crecido.

Hay duelo entonces por las etapas vitales, duelo de la niñez, de la adolescencia, duelo de la adultez, y duelo de la vejez. Pero también hay duelo ante toda separación (motivada por la muerte o no), de la novia, de los padres, de una amiga, de una amante. Es el duelo por la falta del otro con minúscula, aunque cuando lo atravesamos sentimos un dolor mayúsculo, un dolor que atraviesa el pecho, y nos derrama lágrimas. Y el tercer nivel: puede haber duelo por la condición de objeto erótico que el otro ocupaba en el deseo. Este duelo es más enigmático, pues lo que anima al deseo nos deja intentando comprenderlo, seguirlo, serle fiel, encontrarlo. Este es al que Lacan en el seminario 10 llama: la identificación con el objeto a, “una identificación misteriosa y cuyo enigma comienza a ser desarrollado”.

Estos tres niveles de duelo: duelo ante una etapa de la vida, duelo por la falta del otro, duelo de la falta del Otro, estos tres niveles debemos diferenciarlos para no perdernos en las generalizaciones del duelo. Son tres niveles de duelo que deben pensarse diferenciados y con graduaciones, son niveles que nos va a permitir trabajar con un sujeto enlutado. Pero no sigamos con este tema, pues hay una muerte que sacude y ante lo cual estos niveles y estas dimensiones parecen simple juego de universitario. Y esa muerte es la de los padres. No tiene la misma densidad que otras muertes. La muerte de los padres toca en el mismo centro de la paternidad, momento fecundo de transmisión de la cultura, de la vida, del amor, no sabemos como decirlo, la paternidad es ese momento maravilloso que nos pone sobre este mundo y nos ubica en relación al deseo del Otro, estamos aca por un deseo que no es nuestro, pero se encarna en nosotros y por el cual luchamos, seguimos adelante, intentamos ser felices.

¿Cómo poder asir semejante tema? Como todo lo que nos resulta muy difícil, conviene volverlo cuento, volverlo ficcional y buscarle una metáfora que sin explicar, muestre. Y encontramos una, en realidad encontramos dos. Una que nos sacudió porque las teníamos enfrente de nuestras narices: es la historia de Pinocho, ese que escuchábamos tanto de chicos, esa historia de un simple trapo de madera dado a vida por un carpintero que, en un momento, avanzado el cuento va en busca de su padre al estómago de un tiburón o de una ballena (depende de la versión que nos han contado), va a ese estómago en busca de su padre Gepetto, cuando lo encuentra le dice que quiere ser un chico de carne y hueso, y en una noche estrellada mientras la fiera duerme ellos escapan, Pinocho le ofrece su cuerpo para que Gepetto suba encima, ofrece su cuerpo para ser utilizado como balsa por el padre que no sabía nadar. Pinocho, como hijo salva al padre, y esa salvación es su conversión en un chico de carne y hueso, esa balsación ubica al “advenido chico” en un objeto que sostiene el deseo del Otro, el trapo de madera se vuelve chico al poner su cuerpo como objeto para sostener el deseo del Otro, y cobra estatuto humano. Esa es la función de la paternidad.

Imaginémoslo, es ese punto maravilloso, cuando ese ser tan pequeño, casi una marioneta, una pequeña simulación de ser humano mira al padre todopoderoso, mira el punto de su fragilidad y se ofrece como objeto para su deseo. Es ese el punto de la paternidad, la metáfora de la paternidad que la teníamos en las narices. Hay otra metáfora, ésta la teníamos adentro de la boca, ahora somos nosotros las fieras que tenemos escondido en nuestro interior más de una historia de aventuras, de asesinato. Esa historia metafórica nos fue contada de más grandes, y es un cuento freudiano, esa historia es de perversiones,

El cuento trata de un gran padre, en el sentido que es el único, es el único que goza de todas las mujeres y de todo el trabajo de los hijos, quienes cansados de esta situación se unen y lo matan, pero lo matan de una manera especial, lo vuelven comida, de crudo a cocido y se lo morfan de a pedazos.

Es central esta perversión, Freud la ubica en el mismo centro del mito desde donde se puede comenzar a pensar al mismo psicoanálisis y su intento de ubicarse como una disciplina dentro de las ciencias del hombre.

Si antes dijimos que el niño quiere salvar al padre, esta versión muestra la contracara, el hijo quiere asesinar, comer, masticar, eructar al padre. Podemos llamarlo introyección, identificación primaria, o como quieran, pero aca los padres también recuerdan ese momento que notan en la mirada de sus hijos el deseo de querer ocupar su lugar, de querer desplazarlos.

Estas dos metáforas están relacionadas, la salvación del padre y el sacrificio del padre. Hay una palabra sacada de la clínica que permite pensar estas dos metáforas que remiten al salvar y al cortar en pedazos. Esa palabra cobra un lugar fundamental en la clínica, se trata de la clínica del velar. Velar ahora cobra un estatuto significante, ya no solamente es una palabra, pues remite a caminos de significación, a campos semánticos, a significaciones diversas.

Se puede tomar el camino del velar como el de intentar salvar al otro, en este camino se trata de estar al lado, acompañarlo, cuidarlo, se trata de “estar junto al lecho del enfermo” (así se define la palabra clínica), la otra significación está en relación a velar al recientemente muerto, es el tiempo posterior a la muerte del otro. Estas dos significaciones que podemos analogar con salvar y matar al padre como constituyente de la paternidad, nos resulta necesario adicionarle una otra significación, que es aportada por la clínica psicoanalítica, pensando el velar como el echar velos, como el “siendo tapado” pero intuyendo lo que está detrás, dejando ver trasluciendo.

Pensar la versión de la muerte del padre es pensar en la paternidad y también es pensar en la versión freudiana de la muerte del padre. Pero ¿qué pasaría si intentáramos pensar no la muerte del padre sino la muerte del hijo? ¿No implica de alguna manera la versión de la muerte del padre pensar la versión de la muerte del hijo? ¿Son dos versiones que no están relacionadas? ¿Son dos versiones que tienen diferencias a la hora de configurar un forma de trabajo profesional con personas en duelo?

Muchas personas toman el mito de Freud y ubican las omisiones, las cuestiones que quedaron sin aclararse: el lugar de las mujeres objeto sexual del padre, y madres de los hijos, y tampoco toma la versión de la muerte del hijo. Y ambas versiones deben ser pensadas. La muerte de la madre, y la muerte del hijo. Nosotros tomaremos la versión de la muerte del hijo, pues además de que nos ha sido aportada por Allouch como la posibilidad de generar un profundo cuestionamiento y revitalización del psicoanálisis, vemos en la clínica como esa versión tiene un lugar fundamental.

Es el duelo más doloroso, pero también es el duelo que todos los padres de una forma o de otra han pensado, es el duelo posible de tener y que tanto espanto genera, es el duelo no realizado pero cuya amenaza moldea conductas, y es un factor de transmisión de la cultura, pasa miedos de padres a hijos, se vuelve conflicto en eso maravilloso y enigmático que es la paternidad. La pérdida de un hijo es diferente a todo, rompe con todo lo esperado, los padres además de bancarse la perdida de un ser querido, y de justamente de ese que ellos han engendrado y que los une un sentido de honda responsabilidad, además de perder su condición deseante, los padres pierden esa mirada que los convertía justamente en padres, pierden esa mirada que ubica a su cuerpo como objeto de deseo en relación al deseo del Otro. Si Gepetto perdiera a ese hombrecito de madera, a su infinita ternura que ha sido tallada en horas de madrugada esperanzadora, pierde esa inversión, donde Pinocho le dice al padre que no quiere ser más de madera, y se convierte en humano al ofrecer su cuerpo como objeto para salvar al padre. Nos meteremos en estos temas, y nos meteremos en la clínica, y no solamente en la clínica de esos pacientes que traen lo más dramático: la muerte de hijos. (No se asusten, hablaremos del tema pero no será: tema único). La clínica nos ayudará, tomando como perspectiva ese eje ligado a la inversión donde es el hijo quien define la paternidad, nos ayudará a orientarnos en el complejo y delicado campo de la muerte de hijos.

Y esto nos ayudará a nuestro trabajo con el duelo. ¿Cómo? Para realizar un duelo es necesario contar con huellas, con marcas en el camino, con tiempos realizados, pero ¿cómo hacer el duelo con huellas no realizadas?

Sin que existan las suficientes huellas, hay algo trunco, y esa sensación de trunco, es lo que despierta un dolor muy especial, un dolor que estalla en el alma. ¿Cómo duelar el tiempo que el otro no ha vivido, cómo duelar esa inversión donde es el padre quien entierra al hijo, como duelar algo trunco, algo que debería ser y no es? * Martín H. Smud y Eduardo j. Bernasconi Autores de SOBRE DUELOS, ENLUTADOS Y DUELISTAS. (2000) Edit. LUMEN.

M Por Martín H. Smud y Eduardo j. Bernasconi

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