
Un amor de Chajarí Con mas de un centenar de espectáculos teatrales por fin de semana, el dejá vu parece ser la medida de la cartelera, algunas aún tienen algo que decir y bastante escasas las que tienen calidad, esta reúne ambas virtudes. Un amor de Chajarí nos instala pronto en la emoción, en risa que se transforma luego en gesto amargo y todo el tiempo en la sorpresa mas inesperada. La historia es simple: Un lugar de la Patagonia, en una antigua estación de servicio en ruinas viven Ethel y Faustino. Ella está en silla de ruedas por un accidente que ocurrió a poco de llegar de Entre ríos, hace 16 años, recién casados. Faustino, entusiasmado por su suegro sobre un futuro próspero que nunca existió, se instaló en el sur y construyó en el comedor diario de la casa un pozo en búsqueda de petróleo. Luego de años de fracaso en el intento, le sirve ahora para evadirse de esa realidad oscura cada tanto, es autoritario, de moral religiosa hipócrita y está obcecado por tener un hijo. En soledad, Ethel su mujer, da descargas eléctricas a un sapo muerto intentando a través del experimento buscar un atajo para su parálisis y escapar para siempre. Con ellos vive Zulma, hermana de la minusválida quien hace tareas de mecánica y atiende la venta de combustibles. Es elemental y de tan influenciada por Faustino está inmersa en un disparatado misticismo religioso. El matrimonio no tiene hijos por estar “secos”. Faustino siente la necesidad de tener un “gurí”, para educarlo en la fe, hacerle tomar la comunión y dejarle preparado el porvenir enseñándole los secretos del pozo. Dada la falta de fertilidad del matrimonio, Faustino decide comprar en un pueblo cercano una criatura mal avenida. Su cuñada Zulma intenta por todos los medios darle ese hijo que lo calme, pero la doble moral del hombre solo le permite mantener con ella relaciones carnales esporádicas sin permitirse la paternidad a ese costo. Llega una noche una maestra al pueblo. Corrida por los perros hambrientos de la noche, la lluvia torrencial, el hambre, el frío y el desconocimiento de la zona, irrumpe en la vivienda e intenta convencer a la paralítica para quedarse a hacer noche mientras Faustino y su cuñada salieron a cazar patos. La mujer viene de Chajarí y la cercanía del pueblo del que provienen ellos y del que tantos años hace que han emigrado, remiten a Faustino y las mujeres a un mundo añorado en el que dejaron recuerdos de sus vidas, pero como pasa siempre en estos casos tienen una carga nostálgica que no se corresponde con la realidad de ese pasado. La historia a partir de la llegada de la forastera, lo que viene a traer en su equipaje y la espera de noticias por la compra del niño torcerá definitivamente las vidas de estas amargas criaturas, pero hurgar mas en su trama sería quitarle expectativas que justamente la pieza no quiere adelantarnos hasta la última escena. Este grotesco rural que hace honor a su género, lo denominan también sus integrantes, Teatro Berreta de Cámara. Y quizás sea eso, berreta porque el solo entrar a la sala nos ubica en un mundo que remite a un espacio devastado, lúgubre, desahuciado, pero será también la idiosincracia de estos seres lo que hace honor al calificativo. Y esta será la malla sobre la que con pura teatralidad nos irá bajando las defensas. Es de cámara porque se participa tan de cerca, que por momentos el agua que cae de una eterna gotera puede salpicarnos y el polvo que cae del techo que se descascara podría mancharnos. Pero también nos mancharán la miseria intelectual que los personajes conllevan, la decadencia moral en que la vida los sitúa, las esperanzas frustradas y el porvenir como quimera inalcanzable que provoca carcajadas amargas a cada paso, mientras transcurre el tiempo, y el cuento, de tan argentino, se funde en nosotros para que reconozcamos algo nuestro en cualquier recoveco de la pieza. El tono de la actuación remite a formas antiguas, al grotesco criollo emparentado con el sainete de principios de siglo, lo extraño es que siendo construcciones tan a la vista, por sobradas de auténticas, ciertas señales de la argentinidad hacen doler como propias y ese es parte de su mérito grande, sabemos por que lado viene el cuento y aún prevenidos, nos cae a plomo su poética desaforada, intencionalmente ramplona, berreta. Las actuaciones, de magníficas son infrecuentes, remitir a alguna en particular sería una señal injusta, porque la calidad de los trabajos eximen de recargar las tintas sobre ninguna y en realidad poco agregaría esta lectura, hay que verlas casi encima mismo de los actores. Analía Sanchez, Eugenio Soto, Karina Frau y Gabriela Moyano son los traductores sensibles y talentosos de ese mundo que a carcajadas por momentos nos va inoculando desolación. De ahí también uno de los valores de la dirección, ya que ha sabido elegir los mejores instrumentos para llevar a cabo este lenguaje tan difícil y arriesgado que de tan bueno parece fácil. Otra maravilla de la pieza es el dispositivo escenográfico que Félix Padrón armó a la perfección. Nos instala en el interior de un rancho que hasta olor a campo tiene y adecua su funcionalidad a las necesidades mas ínfimas de la puesta. Difícil conjunción es amalgamar tanto talento interpretativo, plantear un campo visual de infrecuente calidad, una banda sonora que remite a la Patagonia misma, una música tan acorde a la pieza y una dirección que lleva a cabo un trabajo a todas luces conmovedor. Imprescindible.